
Antes de elegir dónde comer, la gente revisa Google. Qué tan lejos está, qué tiene el menú, cómo se ve, qué dicen las reseñas. Todo eso pasa en menos de un minuto y casi siempre desde el teléfono, muchas veces ya arriba del carro.
En ese minuto tu restaurante gana o pierde la mesa, y ni siquiera te enteras de que estuvo en la competencia. Estos son los errores que más veo y lo que cambia al corregir cada uno.
El menú no está, o es una foto borrosa
Es lo primero que la gente busca y lo que menos restaurantes tienen bien. Una foto oscura de un menú arrugado, tomada de lado, no se puede leer en una pantalla de teléfono.
Sube el menú como texto o como imagen legible, y con precios. Sin precios, mucha gente asume que es caro y sigue de largo. El miedo a espantar por el precio termina espantando más por la duda.
Si cambias precios seguido, un menú en línea que puedas editar tú resuelve el problema de raíz: actualizas una vez y queda bien en Google, en el QR de la mesa y en el enlace que mandas por WhatsApp.

Google dice abierto y estás cerrado
Para un restaurante este error es de los caros, porque la decisión es inmediata. Alguien con hambre que llega y encuentra cerrado no vuelve a confiar en tu ficha, y muchas veces deja la reseña enojada antes de arrancar el carro.
Mantén horarios reales, incluidos los festivos, que Google maneja aparte. Si cierras un lunes o cambias horario por temporada, cárgalo antes, no el mismo día.
Y si tu cocina cierra antes que el local, dilo. Media hora de diferencia entre lo que dice Google y lo que pasa en la puerta genera más reseñas molestas que casi cualquier otra cosa.
Las fotos las subieron los clientes, no tú
Si no subes fotos propias, tu ficha se llena con las que suban otros: el plato a medio comer, la mesa con mala luz, el estacionamiento. Nadie las eligió pensando en venderte.
Sube tus platos fuertes con luz natural, de día, cerca. En comida la foto no acompaña al argumento de venta, es el argumento de venta completo.
Incluye la fachada y el interior. La fachada sirve para que quien llegue reconozca el lugar, y el interior contesta la pregunta que nadie hace en voz alta: si puedo llevar a mi familia, si hay dónde sentarse, si se ve limpio.

Reseñas ignoradas, sobre todo las malas
Una queja sin responder confirma la queja. El que la lee da por hecho que fue cierta y que a nadie le importó.
Una respuesta corta y honesta la neutraliza: gracias por avisar, ya lo corregimos, te esperamos de vuelta. Los futuros clientes leen esas respuestas más que las reseñas mismas, porque ahí es donde se ve cómo trata el negocio a la gente.
En restaurantes vale doble, porque la mayoría de las quejas son de un día malo y no del lugar. Una respuesta tranquila le dice al que lee que ese día fue la excepción.
Todo el esfuerzo está en Instagram
Instagram sirve para antojar y para que te sigan los que ya te conocen. La decisión de a dónde ir ahorita se toma en Google.
El que busca tacos cerca de mí no está viendo tu feed. Está viendo un mapa con tres opciones, fotos, estrellas y horarios. Así se ve una página hecha para un restaurante. Si ahí no apareces bien, tu mejor publicación de la semana no sirvió de nada.
Diez minutos a la semana en tu ficha de Google, subiendo un par de fotos y respondiendo reseñas, mueven más mesas que una hora diaria en redes. No es que las redes no sirvan, es que llegan en otro momento de la decisión.
Por dónde empezar si solo tienes una tarde
Horarios primero, porque un horario mal puesto anula todo lo demás. Luego el menú con precios. Luego seis fotos buenas: tres de platos, una de fachada, dos de interior.
Con eso ya estás arriba de la mayoría. Lo que sigue, reseñas y publicaciones, es mantenimiento, y ese sí se hace de a poco todas las semanas.